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La historia de los juguetes

Camiones de hojalata, triciclos, muñecas, pelotas, soldaditos de plomo, rompecabezas, instrumentos musicales, pistolas, metegoles, disfraces, robots, cocinitas y heladeras.

 El vasto universo del juguete infantil fue sostenido, en la Argentina, por una industria que nació a fines del siglo XIX y sobrevivió a la ardua realidad nacional con la misma fórmula que lo hizo, en general, todo el país: una saludable dosis de versatilidad, astucia, rebusque y creatividad.

La industria del juguete comenzó a desarrollarse en la Argentina junto con la llegada masiva de inmigrantes, en el marco del modelo agroexportador impulsado por la Generación del 80. De sus países de origen los recién llegados trajeron los saberes, las técnicas y el ingenio que cimentaron las bases de la actividad: un universo de conocimientos prácticos, de experimentación, de avances a prueba de ensayo y error que –en las décadas siguientes– se fortalecieron con los avances técnicos, el desarrollo del hobbysmo y el surgimiento de las escuelas industriales.

Cuando Pedro Bellottide se embarcó en Buenos Aires, la calle Castro Barrosa donde –en 1880– instaló su taller, todavía no tenía nombre. En ese flamante ejido urbano se levantó una de las primeras fábricas de juguetes de las que se tiene registro, según el Diccionario de juguetes argentinos, de Daniela Pelegrinelli. Comenzaron la producción de caballitos de madera en 1882 y, siete años después, sumaron los rodados infantiles: triciclos, monopatines y remociclos, bicicletas, sidecars, sulkies, autitos, babycletas, patines.

Aunque el dato es algo más difuso, se presume que la primera fábrica nacional fue la de Modini Hnos. que comenzó a construir caballitos y velocípedos cerca de 1877 y fue premiada con medalla de plata en la Exposición Industrial del Centenario.

Hacia las primeras décadas del siglo XX, el analfabetismo decrecía y la industria gráfica estaba ya establecida: abarcaba la edición de diarios, revistas, libros y partituras musicales y –según el censo nacional de 1914– involucraba, en Buenos Aires, a cerca de mil imprentas tipográficas y litográficas. Estos adelantos dieron lugar a otro fenómeno: la aparición de muñecas troqueladas para vestir, teatritos, escenas para armar, rompecabezas, máscaras, serpentinas, cornetas de desenrollar, entre otros juguetes de papel y cartón.

“Por esos años, la gran mayoría de los chicos sabía –por intuición, por insistentes recomendaciones o a costa de una experiencia fatal– que sus juguetes eran frágiles, y adaptaban sus juegos a esas condiciones; pero no siempre tenían éxito: las historias de muñecas que perdían su cabeza de porcelana o pasta y la posterior visita a una clínica de muñecas fueron parte del universo cotidiano de la infancia hasta la llegada del plástico”, sintetiza Pelegrinelli en su libro. Si hasta entonces se recurría al papel, la pasta, la madera, la hojalata o la porcelana, el uso del plástico revolucionó las prácticas infantiles al permitir objetos más durables, más prácticos y más baratos.

 Fuente: http://elmonitor.educ.ar

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