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El Escudo de Corrientes

La más alta expresión documental de la comunidad de mi provincia, es la que ella tiene asignada para explicarse en el tiempo, en el escudo de Corrientes, habitual en los trofeos de las celebraciones de la patria.

Como aquel establecido por la Asamblea de 1813 para los pueblos unidos del Plata, tiene su forma externa, su corona de laureles y su sol espléndido.  Tengo para mí que estas son motivaciones continentales, como para expresar que integramos el cuerpo glorioso de los hombres de América.  El laurel es atributo de un espíritu generoso y justo, y el Sol el mito de la vida y el objeto del culto continental de los pueblos autóctonos.  El símbolo del sol tiene un detalle: el escudo de la primera década lo ostentaba íntegro, en todo su disco, como en el minuto mismo del meridiano, tal como el egipcio Amenophis III concibió al Aton de su reforma monoteísta. En la década siguiente, y como en los demás escudos argentinos, el sol fue naciente: fue el Amon egipcio, el mito nacional, la vida vigorosa, en promesa como si todavía debiese ser ventura, como si todavía fuese esperanza de mayor bien.

Lo nacional, en nuestro escudo, lo conservamos en los símbolos del cuartel superior; las manos unidas traduciendo la individualidad de la nación, el gorro de los “frigios” que vertían los hombres libres del medioevo, en oposición a los siervos de la gleba y de la jerarquía del vasallaje, como timbre de un espíritu sin cadenas.

Lo nuestro, lo provincial, está en el cuartel inferior.  Allí consignó la heráldica un simbolismo cíclico del existir de la provincia, fuera, de las reglas habituales, y el criterio que usa la cultura occidental para la definición de la estirpe.

EL RÍO LIBRE COMO CONDICIÓN DEL EXISTIR

Fijó primero un panorama de río, que destaca la grandiosidad del Paraná, pero no en sus tramos medios, que conocen la mayoría de los argentinos como vosotros, aquí, cuando concurre con el Uruguay, a la formación del Plata.  Su presentación en nuestro escudo es de las nacientes mismas del gran río, ahí donde resulta de la fusión milagrosa del Paraguay y del Alto Paraná.  El último es cristalino: trae en sus aguas el dolor de dos despeñamientos: uno fue en el Guayrá, el salto majestuoso en que todo el cauce cae en una amplitud de horizonte; otro en el Iguazú, donde las aguas se anudan en un circo de cascadas, rotas en cristales pequeñísimos esparcidos por el viento.

Las aguas dolientes han llorado en rugidos: tal vez por eso les dio Dios el panorama en flor de las serranías misioneras y como para que no olviden que todo nace del esfuerzo obligólas de nuevo a cantar su pureza en los riscos del difícil Apipé.

El otro río, el Paraguay, es ruta de conquistadores y de grandes empresas: es el río de los Ayolas y los Iralas, cuyos varones poblaron las ciudades del sur; es de cristal hasta la boca del Bermejo que los tiñe con el aluvión de los contrafuertes andinos del Chaco occidental; desde allí trae su tesoro de limo para las formación délticas que festonean el cauce, y conquistadores milímetro a milímetro la hoya del océano.

Vosotros no habéis meditado sobre la función de las aguas en la formación milagrosa de la patria.  Nuestras pampas nacieron de la sedimentación pareja de las tierras que vestían los gigantes del Ande: el Bermejo es el único río que en esta zona de América cumple todavía la función de aquellas aguas que hicieron el hogar argentino.

Frente a la unión misma del Paraguay y el Alto Paraná está Corrientes.  Defiende su existir con una cintura asperón que tiende a ser granito.  A su vera pasan los dos ríos, el de cristal y el rojo; las aguas no se confunden; en una paralela de milagro, se contemplan y se respetan; pero la vida es advenimiento, fusión, la costa entonces proyecta hacia el norte el abanico de siete puntas rocosas, como esas escolleras que el hombre hace para la defensa de las playas.  Las aguas cristalinas en que se mira el jardín correntino, quiebran entonces la línea de su cauce normal; cortadas por las piedras, invaden en siete irrupciones el caudal bermejo del río paralelo, y adviene el Paraná, único, indiviso, señorial y magnífico, ruta del progreso, elemento esencial del existir de los hombres libres del litoral.

En la heráldica correntina el drama de las aguas es de una objetividad admirable.  Hasta las dos terceras partes del cuartel inferior, los cauces paralelos conservan su individualidad en la tonalidad de oro del reflejo.  Después, y a contar de la cuarta de las puntas recosas, las cauces se unen.  Ocurre esto en la realidad y en el escudo, precisamente en el sitio geográfico en que fue fundada la ciudad, y su leyenda, de la cruz incombustible, que los indígenas no pudieron destruir, y cuya perennidad los ató al dominio del conquistador, es conservada como motivo central del cuartel; la Cruz como representación del espíritu cristiano, y el fuego que no destruyó el leño del milagro, como doble también de una espiritualidad documentada por la historia.

Es el nacer del río, la eclosión del espíritu y el ardimiento de sus nobles pasiones; algo que es síntesis de lo real y de lo que escapa a la visión de lo concreto, pero que está ahí, lo dibuja el agua y lo contempla quien ahonda en la paz de sus remansos.

Asomaos conmigo en el balcón del tiempo.  Ejércitos que pasan desde los días de Mayo a las últimas jornadas de la Alianza.  Belgrano, incorporado en Concepción, de Corrientes, al niño que fue el tambor glorioso de Tacuarí.  San Martín, reclutando a sus soldados granaderos, y con ellos al Cabral de San Lorenzo.  El propio San Martín, de Yapeyú, el más glorioso de los conductores y el más republicano de los generales.  Paz con sus legiones de escueleros, en Caá Guazú; Lavalle, con sus leones, leones también en Quebracho Herrado y Famaillá; Berón de Astrada, con los mártires de Pago Largo; las caballerías de Lagraña y de Cáceres en las sangrientas jornadas del Paraguay; sus damas cautivas en el infierno de las cañadas y las selvas de López, el tirano; Baibiene, con los soldados del orden en Ñaembé; escuadrones lanzados a la cargo e infantes haciendo cuadros invencibles; mujeres que dan sus hijos a la patria; dolor, energía, ideal, federalismo, constitucionalidad y libertad.

Todo es en la realidad del tiempo y del espacio como la motivación indivisible de su heráldica. Lo que no es épico tiene en sus fibras más íntimas la nota del dolor y la conformidad ante el destino.  Es una concepción esquiliana de la vida, sin llegar jamás a la evolución que Sófocles preside en la tragedia helénica.  Tupá es el mito del bien y como es el constructor, da lo que quiere y lo que da, conforma.

(Versión taquigrafiada de parte de la charla lírica que el Dr. Hernán F. Gómez mantuvo en “La Peña” (Buenos Aires, agosto de 1939) y que publicó “Conferencias” en su número 42)

Autor: Dr. Hernán F. Gómez

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