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PATRONOS DE CORRIENTES

El día de la fundación de la ciudad de Corrientes, 3 de abril de 1588, fue un acto jurídico-político solemne. El fundador, Adelantado Juan Torres de Vera y Aragón, además de darle el nombre, procedía a nombrar sus autoridades y constituía el Cabildo, símbolo del carácter de ciudad, más allá de la importancia o número de habitantes; fijaba los límites al nuevo poblado, repartía las tierras y solares, fijaba detalles dando normas sobre la traza o planos de fundación, indicando los lugares de emplazamientos donde se levantaría la plaza, el Cabildo, la Iglesia Matriz, los solares destinados a conventos e iglesias de las distintas órdenes religiosas, como también los espacios donde apacentarían los ganados. ¿Por qué todas estas medidas? Simplemente porque el objeto principal era hacer de una fundación, poblaciones estables.

El broche de todas estas ceremonias se coronaba con el acto de elección, en forma casi inmediata, del patrono tutelar de cada ciudad. Se utilizaba, para ello, el santoral de la Iglesia Católica. Se celebrada indistintamente el mismo día de la fundación o en la primera sesión que celebrase el Cabildo. Esta institución también tenía la costumbre de elegir junto al patrono de la localidad fundada, otros menores que los protegerían de plagas, epidemias y calamidades que azotaban a las ciudades de aquel entonces.

Con el acto de la fundación de la ciudad de Corrientes, el licenciado Juan Torres de Vera y Aragón procedió de acuerdo a lo establecido por el Rey Felipe II en las Ordenanzas de Población de 1573. Precisamente, dando cumplimiento, después del “fundo, pueblo y asiento” que se utilizaba en las actas, eligió a los integrantes del Cabildo a los que tomó juramento de práctica. Inmediatamente después, les tocó el turno a Alcaldes y Regimiento, todos de común acuerdo y con formalidad nombraron y situaron el sitio donde se levantará el edificio de la Iglesia Mayor y le nombraron patrona bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario y en señal de posesión, instalaron una cruz a la que todos debían adorar, tal cual la costumbre de la época, traída de España. Pero, no fue posible, al menos hasta la fecha, encontrar documentación que respalde dicho acto formal en donde proclamaron patrono de la ciudad de Corrientes a San Juan Bautista; sí se encontraron actas en las que se lo mencionaba en tal carácter y en otras más se realizaron comentarios de la importancia que adquirieron las ceremonias que se hacía en su honor.

En los primeros años de vida de nuestra ciudad, se utilizaba para el culto una pequeña ermita dedicada a San Sebastián, justamente en el espacio físico que hoy una de las puntas lleva ese nombre, frente al río Paraná.

En el siglo siguiente, por testimonios de la época, mencionaban que la iglesia Matriz, edificación precaria, estaba ubicada frente a la plaza mayor, en el solar que actualmente se encuentra emplazado el edificio de la Casa de Gobierno de la provincia y tenía en el centro del retablo una imagen de regular tamaño de Nuestra Señora del Rosario con el Niño Jesús en sus brazos. Con esto se pudo comprobar que se cumplió con los deseos del fundador de nuestra ciudad, pues la Virgen del Rosario era la titular de la Iglesia Matriz. También se encontraron testimonios en los que se mencionaban que había, en los laterales de la nave, imágenes de San Juan Bautista, San Pedro y San Miguel.

En tiempos de la fundación de la ciudad, la advocación a la Santísima Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario era muy nueva y su fiesta fue instituida por el Papa San Pio V el 17 de marzo de 1572, pues atribuyó el resultado positivo de la batalla de Lepanto, librada el 7 de octubre de 1571, a los rosarios rezados por las hermandades romanas suplicando el triunfo de las armas cristianas sobre los turcos que azotaban Europa. Los hijos del fundador de la Orden de los Predicadores, se encargaron de difundir esta advocación a la Virgen del Rosario. El incipiente pueblo correntino adoptó rápidamente el sentimiento religioso de aquellos tiempos y queda demostrado que se cumplió el deseo del licenciado Juan Torres de Vera y Aragón de hacerla patrona de la única fundación de una ciudad que hizo en América. Formalmente no se dio cumplimiento a esa intención; se ignoran si hubo motivos pero se la veneraba muy especialmente en los primeros tiempos, como por ejemplo, el acto del 26 de septiembre de 1661 que dice “pidiendo misericordia a Dios y para evitar los castigos por los pecados, se acordó que se continúe con la costumbre de los antiguos pobladores tuvieron y se lleve a la madre de Dios del Rosario en procesión al Milagro”. En la ceremonia participaba todo el pueblo en el rezo de la novena como en la procesión ordenada por el Juez Eclesiástico y se dieron las máximas seguridades para estas celebraciones. Sin lugar a dudas, a pesar que no se menciona el patronazgo de Nuestra Señora del Rosario, es evidente que hubo costumbre de celebrar con pompa a la Virgen del Rosario, tal como lo había ordenado la Iglesia, pero no se dice nada sobre el patronato de ella. Recién en el año 1660 se solucionó la omisión legal en la que se había incurrido.

Respecto al patrono de la ciudad, la lectura de las Actas Capitulares de Corrientes lo mencionaban como “patrono jurado de la ciudad” y a pesar que no se ha encontrado acta que lo atestigüe, tradicionalmente parece se lo tenía por tal y una muestra de ello son las actas del 21 de junio de 1649, 30 de mayo de 1650, 23 de junio de 1661, 8 de junio de 1665 y 18 de septiembre de 1666, entre otras.

Se presume que tal celebración se debía por el ser el socio fundador, aunque las actas lo nombran “patrón de la ciudad por fundación y por voto de los primeros pobladores y conquistadores”, siendo públicamente reconocido como tal y a él se le hacían los honores de patrono, pues en su día salía el Estandarte Real a dar su paseo y entraba en su iglesia.

San Juan Bautista, al que se lo llamó “el Precursor”, hijo de Zacarías e Isabel, primo de Jesús, era un santo al que los españoles tenían especial devoción. Y, en Corrientes, también nació esa devoción traída por los españoles. Por eso tuvo su pequeña ermita desde los primeros tiempos, ubicada frente a la plaza mayor (hoy 25 de Mayo) hasta que en el año 1628 ésta fue entregada a la orden de los mercedarios y se trasladó entonces la imagen del santo a la Iglesia Matriz , que también estaba frente a la plaza mencionada.

El 24 de junio, día en que la Iglesia Católica recuerda el nacimiento de San Juan, se hacían sus fiestas que se destacaban por el gran júbilo que reinaba en ellas. La noche de las vísperas se realizaban juegos de cañas, antigua justa caballeresca que fue introducida a España por los árabes y de allí pasó a América hispánica.

El Cabildo de nuestra ciudad, para la fiesta de San Juan, pedía a los vecinos la colocación de luminarias en los balcones, ventanas y puertas en señal de fiestas y regocijos, costumbre también ésta, muy española que pasó a América y que entre nosotros todavía hoy se conserva. Estas luminarias también se hacían subiendo a caballo con luces.

Ese día había procesión y en honor del santo salía el Estandarte Real, personificación misma del Rey que era llevado por el Alférez Real hasta la Iglesia, y con ese motivo se adornaban los frentes de las casas por donde habría de pasar el pendón.

También con motivo de las fiestas patronales, con el correr de los años además de los festejos populares, se realizaban comedias.

El Cabildo haciendo uso de las atribuciones que tenía, juró como patrones de la ciudad a San Roque y a San Sebastián, pues en un acta de 1664 se pide manden arreglar la ermita de San Sebastián pues los antiguos pobladores y conquistadores “reconociendo las muchas pestes, calamidades que continuamente tenían, eligieron y nombraron por abogados e intercesores al Señor San Sebastián y San Roque, jurándolos como tal y para ello le hicieron una ermita”, la que sabemos estuvo terminada en 1593, es decir el juramento parece fue hecho en los primeros tiempos.

En España el culto a San Sebastián está muy difundido y su fiesta se celebraba el 20 de enero. A San Roque, a quien se lo invocaba y todavía se lo invoca especialmente en los tiempos de pestes, se lo recordaba el 16 de agosto. Si bien sus devotos fueron muchos y muy fieles, indudablemente su culto no fue tan trascendente, se mantuvo mientras permanecieron aquí los jesuitas ya que ellos eran los que mantenían la ermita.

San Antonio de Padua, según un acta del 30 de mayo de 1650, también fue patrono de nuestra ciudad. El acta mencionada dice: “y así mismo por voto que esta ciudad hizo a San Antonio, tomándolo como abogado de esta ciudad, por las muchas plagas que en ella había y hay” pidiendo al Capitán y Justicia Mayor, que para solemnizar su fiesta, tal como lo había prometido, monten a caballo todos los vecinos y moradores la noche de su víspera.

Otro tanto ocurrió cuando llegó la noticia de la autorización de la devoción y fiestas en honor de la Pura y Limpia Concepción de María Santísima, por eso el Cabildo resolvió “por demostrar la obligación que tenemos como fieles cristianos y los que nos toca y por el justo regocijo que hemos sentido en nuestras almas y que en nuestro aygamos (sic) llegamos a ver una cosa tan deseada de todos nuestros antepasados y toda la cristiandad, este Cabildo por sí y en nombre de todos los vecinos ordenó se hagan las fiestas con todo el regocijo posibles, el 8 de diciembre, debiendo prender la víspera luminarias, se jueguen cañas y se corran toros y todas las demás fiestas posibles”.

Y en tiempos de los jesuitas fue nombrado patrón de la ciudad San Francisco Javier, cosa que ocurrió en 1691. El acta dice “no obstante tener la ciudad los patronos y patrones de Nuestra Señora del Rosario y Nuestra Señora de la Natividad y los Santos que esta ciudad los ha jurado”. La elección se hizo el 18 de febrero de 1691 y se resolvió que su fiesta sea de guardar.

Se puede advertir con facilitad que ya sea por las continuas calamidades, pestes, mangas de langostas, guerras, entre otras, o por los intereses de las distintas órdenes religiosas aquí establecidas, se elegían los patronos de la ciudad.

Igualmente se advierte que el pueblo correntino con todas sus debilidades es y fue muy devoto. Supo honrar solemnemente a quienes les encomendaron la ciudad, dándose aquí lo que no siempre fue común en las ciudades hispanoamericanas.

Dejamos para un artículo especial, a la patrona de la ciudad, Nuestra Señora de La Merced.

Hasta la próxima.

Autor: JORGE MANUEL PICCHIO

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