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Juan Genaro Berón de Astrada - Batalla de Pago Largo

Prócer, héroe y mártir

“Vine a vencer o a morir”

1839  -  31 de marzo  -  2017

178º Aniversario de la Batalla de Pago Largo

 “El 31 de marzo de 1839, Corrientes fue vencida y enlutada en los llanos de Pago Largo, pero no sus hijos, que allí murieron, porque no hay victoria que iguale a los lauros del martirio y el que sella su causa con la vida se impone y vence a la muerte misma...”

Esteban Echeverría, dijo de él, hace más de un siglo: “Pago Largo y Berón de Astrada, primera página sangrienta de la regeneración argentina... Tu nombre, Astrada, está escrito con caracteres indelebles.  A tu voz, Corrientes se levanta como un solo hombre, para quedar con el bautismo de sangre de sus hijos, santificado e indomable, y ser el primer pueblo de la República...”.

El 31 de marzo se recuerda el 178º aniversario de la batalla de “Pago Largo”, una de las tantas páginas dolorosas del pasado argentino.

Pero ésta, que va centrando la emoción de nuestro pueblo, como si del fondo de la historia fuésemos enhebrando una a una las razones que le dan la significación que tiene para la estirpe, es algo más que una de esas efemérides que dan gloria en base a sacrificio.

Si su valor como expresión social hubiese sido, para los hombres de la provincia, de orden corriente, es posible que su recuerdo no llamara la atención.  Valdría como una de nuestras épicas y grandes tradiciones, como Caá Guasú, por ejemplo, en que un pueblo en armas vence con heroísmo a un ejército veterano en nombre de la Libertad.

La página cuyo recuerdo se cumple el 31 de marzo no tiene en la historia de Corrientes ese valor perimido en el proceso interno de su vida.  No es entonces un brillante de su corona gloriosa, que sólo extasía con su luz y hace su personalidad.

Sobre éste, su aspecto, se diría que es algo que vive y acciona, algo que nació y trabaja, desde entonces, con un enorme poder de arrastre del espíritu.  Para expresarlo mejor se hace necesario formular comparaciones; preguntarnos, por ejemplo, ¿qué representa en la vida argentina el 25 de Mayo de 1810?

El artista y el maestro saben lo que la efeméride de Mayo valoriza la nacionalidad.  El episodio del Cabildo y la Asamblea Popular, la substitución del Virrey por la Junta Provisional, la iniciación de este gobierno propio como síntesis de soberanía, son dentro de la celebración de Mayo, los aspectos formales de su significación. 

De la misma manera, la jornada de Pago Largo tiene para el pueblo correntino un significado espiritual tan glorioso como el de los días iniciales de Mayo.  La efeméride no puede ser conmemorada asignando a esa página de nuestro pasado el valor planimétrico del combate y del sacrificio conciente, cumplido por nuestros antepasados.  Esta “impresión” de su valorización histórica es falsa, no da gloria alguna y achica el acontecimiento hasta convertirlo en un episodio aislado del drama de las libertades públicas y de la constitucionalidad del país.

Pago Largo no es ésto.

Es bueno tener memoria y recordar aquella jornada de Pago Largo, epopeya que inicia Corrientes contra la tiranía que pesaba sobre los argentinos, su valorización histórica debe ser síntesis del espíritu que animó a esa epopeya y de los actos del pueblo y del gobierno que la tradujeron en el sacrificio.  Su contenido es entonces tanto el de la epopeya abierta, que traza un cauce de luz entre Pago Largo, Caseros y la Asamblea de Santa Fe que da al país su carta política, como el del espíritu que mueve al pueblo, a sus caudillos y sus gobernantes.  El espíritu de la epopeya que abre Pago Largo es un programa de Libertad y Constitucionalidad.  Esa y no otra es la valorización histórica que le asigna Corrientes, y para su conmemoración congrega a los argentinos con un hondo sentido de justicia.

El primogénito Juan Genaro Berón de Astrada nació el 19 de Septiembre de 1804.  Sus padres fueron Juan Vicente Berón de Astrada, trabajador rural de temple valeroso y María Paula Camelo, moza de hogar, con impresionantes ojos claros, grandes y expresivos, que nuestro prócer, héroe y mártir heredó. Frecuentemente, quienes se dedican al estudio de hechos y personajes históricos, omiten por completo el origen y familia de sus biografiados. Éste es el caso de nuestro prócer, héroe y mártir Coronel don Juan Genaro Berón de Astrada.

¿Berón o Verón? ¿Astrada o Estrada?

La correcta ortografía del apellido debió ser Verón de Estrada, pero por esas cosas de ciertos tiempos en que era lo mismo una “B” o una “V” y las palabras se escribían con variada ortografía, terminó quedando Berón de Astrada.

Al morir don Juan Vicente, la viuda pidió justicia porque “mis pobres criaturas, huérfanas, han estado careciendo de todo”.  Así anduvo, de reclamo en reclamo, perdidos sus bienes y cayendo en la pobreza irremisible para recibir, al final solamente algunos muebles, pocas ropas y un nicho con las imágenes de Santa Ana, San Sebastián y San Lorenzo.

El Coronel Juan Genaro Berón de Astrada resultó ser descendiente de los fundadores de la Ciudad de Vera y de los primeros conquistadores del Río de la Plata que vinieron con don Pedro de Mendoza en el año 1536 y con el Adelantado Juan Ortiz de Zárate en 1572.

Su antepasado más antiguo fue el conquistador Nicolás Verón, natural de la Villa de Brujas en Bélgica, que vino en la primera armada de don Pedro de Mendoza y tuvo su actuación en la ciudad de Asunción en Paraguay. Una nieta de este conquistador fue casada con otro conquistador llamado Antonio de la Madriz, natural de Cantabria, expedicionario en la armada del Adelantado Juan Ortiz de Zarate y Mayordomo del Señor Adelantado.

Antonio de la Madrid, totalmente ignorado en nuestra historiografía, asistió a la fundación de nuestra ciudad y fue nombrado Procurador General de la Ciudad de Vera en la primera reunión del Cabildo de nuestra ciudad, realizada el día 4 de abril de 1588. Como Procurador nombrado, el señor Adelantado Juan de Torres de Vera y Aragón y los primeros cabildantes de nuestra ciudad le encargaron la misión de acudir a la ciudad de Asunción a pedir las cosas necesarias para que nuestra ciudad siguiera adelante y entre ellas la de traer un sacerdote para asistir en las necesidades espirituales a los pobladores. Antonio de la Madrid no permaneció viviendo en nuestra ciudad, solo asistió a la fundación y tuvo a su cargo la procuraduría por un corto tiempo pues en Asunción tenía su casa y familia. Uno de sus hijos fue Alonso de la Madrid que nació alrededor del año 1580.

Alonso de la Madrid, hijo primogénito y sucesor del procurador Antonio de la Madriz se casó en la ciudad de Asunción con Maria Ana de Bocanegra, de cuyo matrimonio tuvieron varios hijos y entre ellos uno que se llamó Juan Verón de Estrada en memoria y recuerdo del conquistador Nicolás Verón. No debe extrañar al lector la disparidad de apellidos con que los padres nombraban a sus hijos, era costumbre en aquella época apellidar a sus hijos con apellidos de abuelos; bisabuelos y cualquier otro ascendiente que quisieren recordar o prolongar su apellido en sucesivas generaciones. Juan Verón de Estrada se radicó en Corrientes a mediados del 1600 y dio principio a esta familia en nuestra provincia por su enlace matrimonial con Lucía López Vello, doncella que provenía de las familias emigradas forzosamente por los indios de la ciudad de Concepción del Bermejo. Tanto Juan Verón de Estrada como sus descendientes ocuparon cargos militares de capitanes y cada uno de ellos se destacó en su tiempo.

El capitán Juan Verón de Estrada tuvo por su hijo al capitán Nicolás Verón de Astrada, que como se puede notar su segundo apellido ya comenzó a escribirse Astrada en lugar de Estrada, que casó en nuestra ciudad con Isabel Fernández hija del portugués Manuel Fernández y de Clara Correa, criados estos últimos del maestre de campo Manuel Cabral de Alpoin. El capitán Nicolás Verón de Astrada tuvo por su hijo al capitán Juan Esteban Verón de Astrada, que casó en nuestra ciudad con doña Casilda Monzón, descendiente del gobernador Gonzalo de Mendoza y del gobernador Domingo Martínez de Irala, y fue su hijo el capitán y sargento mayor Antonio Verón que casó en nuestra ciudad con Francisca Maciel, descendiente de general Baltasar Maciel de destacada actuación en nuestra ciudad en su tiempo. Del matrimonio de Antonio Verón y Francisca Maciel nació Manuel Verón, que casó en nuestra ciudad con Maria Bernarda Iturrino y fue su hijo Juan Vicente Verón de Astrada, que de su matrimonio con Maria Paula Camelo fueron padres del Coronel Juan Genaro Verón de Astrada.

Fray José de la Quintana educó e instruyó a Berón de Astrada.  Es oportuno acotar que Fray José, antes de vestir los hábitos franciscos fue lavacopas en una pulpería de Buenos Aires.

Decíamos que Fray José de la Quintana educó a nuestro prócer, héroe y mártir, quien cuando tenía diez años, forajidos al mando de Artigas, salpicaron la Nochebuena de 1814 con sangre de inocentes.

En esa escuelita de Fray José – rancho cuyo techo era mitad tejas y mitad paja – estudió hasta 1818.

 En el archivo del ilustre Dr. Mantilla están conservadas las páginas escritas por Fermín Félix Pampín, describiendo los hechos de barbarie de este “reconquistador” General don Andrés Artigas, como se hace llamar en el vecindario.

Una tía abuela de nuestro prócer, héroe y mártir, doña María Antonia Berón de Astrada de Sebastiani – habíales dejado, a sus sobrinos, un pedazo de campo cerca del Batel –, pero el joven Genaro no tenía ni la edad ni los conocimientos necesarios para afrontar las tareas rurales: entró pues, en un negocio, sirviendo, según entonces decía, de “mozo de Comercio”... El porvenir se dibujaba halagüeño, más después de Andrés Artigas – aparece Francisco Ramírez en los comienzos de 1820, llegando a la ciudad, justamente el día en que Berón de Astrada cumplía 16 años.

Armengol Alegre, - que tan buenas páginas ha escrito sobre el prócer –, relata la decisión con que la familia resuelve que el joven viniese a Buenos Aires, escaso de dinero pero rico de esperanzas, recibiendo en el puerto la despedida y la bendición de la madre: “mi hijo, que Dios te haga bueno...”.

En 1823 vuelve a Corrientes tan pobre de fortuna como había llegado a la Capital, pero nutrida la inteligencia con la lectura de obras numerosas.  Tres años después el Gobernador Ferré lo nombra “alférez de la Compañía de Astilleros, con la asignación de doce pesos mensuales”.

No mucho más tarde la indiada asola parte de la Provincia: es derrotada, pero la vemos reaparecer a los pocos días combatiendo con los Granaderos de Esquina, con los granaderos a caballo que comandó el capitán Félix María Gómez, con los llamados Milicianos de Yaguareté Corá y con un grupo de artilleros que mandaba Ocana, un capitán francés, antiguo soldado de Napoleón 1° quien durante el combate – encarga el flanco izquierdo de las fuerzas – al “enérgico celo – dice – del alférez Berón de Astrada”.

Los montes del Mocoretá vieron la desbandada india y entre sus espesuras caer 62 aborígenes muertos...

Manuel Florencio Mantilla hace justicia estricta – al prócer – diciendo que Berón de Astrada “lo que demostraba valer lo debía sólo a su dedicación asidua”.

Lo consideraban los jefes; lo estimaban sus camaradas; lo quería la tropa y mantenía relación permanente con familias típicas tradicionales como los Ferré,  los Madariaga, los Rolón...”.

El joven alférez es ascendido a teniente en 1828; al año siguiente el Gobernador Cabral le dá el grado de Capitán encargándole la artillería de la Capital.

El 1831 es ya sargento Mayor de Granaderos a Caballo. Es en este tiempo, que siendo Gobernador Ferré, le fue confiada una misión grave y delicada: Ferré ha dejado escrita en sus Memorias, capítulos extraordinariamente importantes en cuanto arrojan luz sobre sucesos y sobre hombres que, después de tantos años, se nos aparecen en la fundamentación concreta de las razones determinantes de los acontecimientos.

Unos grupos armados traía alterada la tranquilidad de la Provincia.  Ferré comisionó a Berón de Astrada para que fuese a Curuzú Cuatiá a observar la situación con cien hombres armados y a cumplir claras instrucciones: si los intrusos eran brasileños, hacerlos retirar, si eran indios, combatirlos y si eran paraguayos, tratarlos con toda consideración.

En 1833, Gaspar Rodríguez de Francia se exasperó sin motivo alguno e hizo invadir a Corrientes con indios guayanas: armó 5000 paraguayos que según los hábitos aborígenes, cometieron todo tipo de depredaciones.

En relación a las acciones militares que podrían sucederse después de ésta, no pensaban del mismo modo Atienza – el Gobernador – y Berón de Astrada que el 17 de Noviembre de 1833 ya era Teniente Coronel.

“Si Ud. tiene decidido que marchemos a un punto” le dice en carta nuestro prócer, héroe y mártir, “yo seré el primero que active la marcha, no por las ventajas que pienso conseguir porque no tengo duda que nuestra expedición será quijotesca y me será muy bochornoso que después de estar sobre ellos, tengamos que retirarnos y con el movimiento éste, pueda penetrarnos el Dictador”...

Concluye el conflicto con el tirano Francia pero, a renglón seguido, aparece la inminencia de otro:  Lavalleja y su gente tienen planes inquietantes, que el Gobernador Atienza envía a Berón de Astrada con instrucciones sumamente categóricas haciéndole saber, con un oficial de alta graduación, la urgencia de que explique qué pretende hacer en Corrientes, advirtiéndole que lea la orden porque a más de su marcial acento revela un sentido patriótico por todo punto justificado:  “haciéndolo saber, categóricamente, que para pasar a esta banda y asilarse en la Provincia, sea cuál fuere la comitiva o fuerza que traiga consigo – debe – previamente, hacer entrega de todas sus armas y pertrechos de guerra que condujere porque, de otro modo, no se le podrá franquear la hospitalidad y asilo que solicite, sobre cuyo particular SE ORDENA MUY SERIAMENTE, SE RECOMIENDA Y SE REPITE (sic) al señor Jefe de la fuerza, nivele su conducta, a todo freno de la prudencia que exige un caso semejante y, sobre todo, que afiance la decorosa circunstancia del Gobierno en asunto de tamaña gravedad y trascendencia...”.

El General Lavalleja escurrió el bulto y despareció de tierra correntina.

Es el momento en que Rosas hace esporádicas entradas en el escenario del litoral: estamos en el año 1836.

Alguna relación vincula a Urquiza y a Berón de Astrada: cuando jóvenes, los dos fueron modestos empleados de comercio: pero ya hombres, los años perfilan sus características diferentes: a Urquiza lo gobierna el pensamiento, a Berón de Astrada el sentimiento: uno es su cerebro, el otro un corazón.

El destino es así: un día, tarde o temprano tenían que enfrentarse, y algunos años después, a la infausta suerte del uno seguiría, más tarde, la del otro.

Pasemos las hojas del calendario político; no nos detengamos en pormenorizar errores, ni pretendamos que un hombre de armas como este soldado correntino, desenrede madejas electorales.

Comienza el año 1837: por una de esas coincidencias que la razón no explica, encuéntrense tres hombres, un soldado y dos poetas: Berón de Astrada, José Mármol y Carlos Guido y Spano.

¡Qué cosas tiene la vida!  Sobre los tres cae la sombra de un adverso destino...

Mármol viene perseguido por Rosas: a causa de un asunto de muy particular linaje.  Guido Spano debe iniciarse como hacendado en Curuzú Cuatiá, Berón de Astrada cree avizorar en el horizonte, oscurecido, la hora de la libertad argentina...

Hasta aquí el militar, hasta aquí el hombre de armas...

Veamos ahora al gobernante.

El gobernador Atienza ha muerto: la Sala nombra Gobernador provisorio a este Teniente Coronel de Granaderos: a este Berón de Astrada y el 14 de diciembre de 1837 – dice la crónica – “sobre los Santos Evangelios prestó – a presencia del pueblo – el correspondiente juramento con arreglo a la Constitución”.

Enseguida lo nombran Gobernador Titular y, al aceptar el cargo, se dirige a los legisladores, no con encendidas palabras, sino con acento de sereno y  elevado patriotismo: 

“Fiel a los principios que he jurado, desde el momento que abracé la noble carrera de las armas no he trepidado en sobreponerme a todas las consideraciones, cuando mi existencia, hacía mucho tiempo que estaba dedicada al servicio del país que me vio nacer y es lo que ha motivado la resignación con que me presto a llevar el peso de la administración pública, bien persuadido de que mi inexperiencia será ilustrada por los consejos y advertencia de los verdaderos amigos de la Provincia y muy particularmente por las sabias resoluciones de esa Honorable Corporación”.

Como se puede apreciar, Berón de Astrada mostraba prudencia, modestia y humildad.

Debió jurar el 16 de Enero a las 9 de la mañana, pero solamente lo hizo cinco días después, el 21 a la misma hora “invocando en justificación de la tardanza, estar rodeado de impedimentos...”

¿Imaginan cuáles eran esos impedimentos?  Carecía de ropa adecuada para vestir en la trascendente ceremonia de asumir el mando...

Hombres como nuestro prócer, héroe y mártir, que coadyuvaron con la Patria, que le dieron su organización, sus leyes, su conformación de Estado, su independencia, que pelearon y murieron por ella, eran generalmente pobres – pobres de solemnidad – lo que hay que resaltar y tener siempre presente en nuestro constante recuerdo.

 El Gobernador Berón de Astrada tenía 33 años y llevaba por entonces la congoja y el dolor por la muerte reciente de su señora madre: mostraba valor a toda prueba; fe en Dios y un corazón desbordante de sentimientos generosos.

 “Mis principios son bien conocidos: obediencia a las leyes como el orden y a la tranquilidad pública”, le dijo al pueblo enseguida de jurar el cargo de Gobernador.

“Por mucho tiempo he sido vuestro compañero de armas y a vuestro lado he participado de las privaciones y de los peligros...” exclamó dirigiéndose a los soldados.

 “Habitantes de la Provincia: no compongamos más que una seis familias estrechas por relaciones de amistad y fraternidad” les recordó a sus convecinos.

Entre las acciones de gobierno emprendidas por Berón de Astrada podemos mencionar:

  • protegió la ganadería;
  • creó el registro de marcas;
  • habilitó puentes para exportar ganado;
  • puso orden a la renta pública;
  • vió entrar al pequeño puerto de Corrientes 121 buques y salir 110;
  • difundió la educación;
  • protegió la ciencia;
  • fomentó la cultura;
  • estimuló a los artistas, haciendo arraigar a Amado Bonpland en el pueblo de Santa Ana.

 El historiador Federico Palma sintetiza el juicio que merece Berón de Astrada: recto en sus procedimientos y severo en la elección de sus colaboradores.  No se puede agregar más porque estas palabras definen en verdad la contextura moral de nuestro prócer, héroe y mártir.

 Asimismo es bueno recordar que Berón de Astrada tenía un proyecto de Constitución digno de ser más conocido de lo que es y desde luego, digno de ser juzgado como la expresión categórica y clara de su sentido moral profundo.

 Si en su breve paso por el gobierno – que desempeñó nada más que 15 meses – no hubiese hecho otra cosa que dejar ese Proyecto de Constitución, su nombre no se borraría de los Anales de la Historia de Corrientes: es la obra de hombres de su tiempo, sensata, acaso ingenua en ocasiones, pero de una pureza moral edificante.

 Llevó a su gobierno a varones ilustres como Eusebio Antonio Villagra, muerto a poco de designado; Pedro Alcántara Díaz Colodrero que sustituyó a Villagra, conocedor de ambos derechos, el civil y el canónico, sin ser abogado y formaban su cenáculo Manuel Díaz, camarada de José María Paz, Juan Antonio Acevedo, José Joaquín de Goitía, los Vedoya...

 Si nos detenemos brevemente en el Proyecto de Constitución de 1838, nos encontraremos con una Carta que legisla los derechos fundamentales de los hombres en la organización estatal: señala sus atribuciones y, en la determinación de las facultades de los poderes, crea el sistema en que se equilibran los derechos y los deberes de los habitantes para mantener la paz social.

 Cuando se afirma que Berón de Astrada y Díaz Colodrero avivaron en los demás pueblos argentinos – la idea de darse una Constitución, se dice una gran verdad y cuando se asegura que la de 1838 fue el mejor programa de acción que hayan podido ofrecer a las Provincias los hombres de Corrientes, se afirma con toda exactitud un hecho incuestionable.

 Berón de Astrada hizo saber a Rosas que Corrientes modificaría su Constitución, eso se lo anticipó la Constitución de 1838.  Rosas gran comediante, “tragediante” le diría Almafuerte porque su vida es una serie de tragedias, simuló preocupaciones eludiendo la expresión de un juicio adverso: “Ya debe Ud. hacerse cargo de lo difícil que me será actualmente, comunicarle mis ideas respecto al delicado asunto de la Constitución particular de esa benemérita provincia” le dice el gran farsante en carta de 24 de abril que está en el Archivo de la Nación hallado por Hernán Gómez.  “Para expedirme” agrega farisaicamente, “necesitará estar sosegado, libre del peso enorme del despecho de asuntos los más urgentes que hoy no me dejan tiempo ni aún para el más preciso descanso”.  Y con notoria astucia cierra la carta una frase larga, escrita a propósito, confusamente: “no hemos podido aún”, dice, “ocuparnos también de nuestra carta particular pues que menos malo es no tenerla que hacerla antes de la verdadera oportunidad exponiéndonos a errores y desgracias difíciles de reparar en la ulterioridad”.

 Leamos otra vez estas últimas palabras “exponiéndonos a errores y desgracias difíciles de reparar en la ulterioridad...”

 Todo lo que había de siniestro en el fondo de su espíritu estaba allí: “…desgracias difíciles de reparar en la ulterioridad...” poco tiempo después, en Pago Largo, se cumplían estas “desgracias difíciles de reparar”.

 Once artículos tiene esta Constitución: el primero señala con fijeza, la finalidad de los gobiernos: “garantir al hombre el goce de sus derechos naturales e imprescriptibles”, derechos que son: la libertad, la igualdad, la seguridad y la propiedad.

 A la libertad la define, de modo claro y firme: facultad del hombre de hacer lo que no perjudique los derechos de otro hombre.  Más a esa libertad él la asienta, como sobre un trípode: su principio es la naturaleza: su regla es la justicia, su seguridad es la ley.

 ¿Y cómo concibe a la ley?  La voluntad general pronunciada por medio de sus representantes; la ley no puede prohibir sino lo perjudicial a la sociedad, no mandar nada más que lo justo  y útil a ella. 

 ¿Cuál es el límite de los derechos humanos?  Y responde, inspirado en el versículo de un libro Sagrado: “lo que la ley no prohíbe no puede ser impedida y lo que ella no ordena expresamente, no puede ser obligatorio.

 ¿Y cómo ha de ser la ley?  Ha de ser igual para todos, dice: ya sea que proteja, ya sea que castigue.

 Y la igualdad, ¿cómo es la igualdad?;  ¿qué es la igualdad?  No admite dice, distinciones de nacimiento ni poderes hereditarios: en una provincia en que la raza nativa se mezcló, tal vez más que ninguna otra, con la raza conquistadora, afirmar ese principio era asentar en la razón, la equivalencia de los derechos fundamentales de la vida social; el indio no es pues, un paria y las funciones públicas no son transmisibles por herencia como puede transmitirse la tierra, los bueyes o el dinero.

 Un sentido profundo, enérgico y siempre de índole moral inspira otros textos de esa Constitución, como cuando dice que los ciudadanos son igualmente admisibles a todos los empleos, según su capacidad, sus virtudes y talento; o al afirmar que la seguridad consiste en la protección de la sociedad a la persona, a sus derechos y propiedades o al disponer que la ley debe – el verbo tiene aquí sentido manifiestamente categórico – que la ley debe proteger la libertad pública e individual contra la opresión de los que gobiernan; o al suprimir las famosas comisiones especiales sujetando a las personas nada más que a los jueces competentes nombrados con anterioridad por la ley; o al hacer desaparecer la retroactividad de los textos penales; o al borrar las disposiciones que autorizaban condenar a un acusado sin oírlo; o al permitir el arresto, medida que limita a la sola seguridad de la persona; o al obligar a respetar la libertad de conciencia; o al declarar sagrada la correspondencia epistolar y los papeles privados, o al autorizar el empleo de la fuerza para rechazar los actos arbitrarios o tiránicos; o al proclamar el derecho de comunicar – sin retaceos – ideas y opiniones diciendo “todos pueden hablar, escribir e imprimir libremente, sujetos a responder del abuso de esa libertad en los casos determinados por la ley”; o al asegurar el derecho de propiedad admitiendo la expropiación sólo en caso de “urgente necesidad pública”; al prohibir que los hombres se vendan o sean vendidos y qué más puede pedirse que este precepto de vigencia perdurable” que dice: “la garantía de los derechos del hombre y del ciudadano necesita una fuerza pública; ésta es instituida PARA LA SEGURIDAD DE TODOS Y NO PARA LA UTILIDAD PARTICULAR DE AQUELLOS A QUIENES ESTÁ CONFIADA”.

 Ahora nos preguntamos: ¿El espíritu de alguna disposición de esta modesta y altiva constitución provincial está ausente de la Constitución Nacional de 1853?  ¿Qué garantías del hombre y del ciudadano – son en aquellas desconocidas?  Qué finalidades sociales o políticas del Estado están olvidadas en la carta fundamental correntina, atento la época en que se la dictó, la situación general de la Provincia y el grado de capacidad de los habitantes para desenvolverse en la administración de los intereses comunes del pueblo?

 Además, debemos recalcar que “Corrientes tiene arraigado en el alma el sentimiento de la fe cristiana.  La Cruz de los Milagros lo dice desde hace siglos, Corrientes es creyente y en prueba de ello, en esta modesta casa, nosotros tenemos la imagen de Nuestra Señora de Itatí, que vela por el destino de todos incluso por el destino de aquellos que no creen...”.

 Asimismo, Berón de Astrada proyectó un Capítulo 2do de esa constitución en estos términos:

“Todos los deberes en general del hombre y del ciudadano se derivan de estos dos principios grabados por la naturaleza  en todos los corazones: “no hagáis a otros lo que no queráis que se os haga; haced constantemente a los demás, el bien que deseáis para vosotros...”

 Agrega, también: “ninguno es buen ciudadano ni no es un buen hijo, buen padre, buen hermano, buen amigo, buen esposo; ninguno es hombre de bien si no es libre y religiosamente observador de las leyes; el que sin infringir abiertamente las leyes las eluda con astucia o con destreza – ofende a los intereses de todos y se hace indigno de la estimación y benevolencia pública...”

 Y como si quisiese encerrar, en un solo precepto, las normas que gobiernan la vida cristiana escribe en el artículo décimo de ese capítulo, estas palabras:

“LOS SOCORROS PÚBLICOS SON UNA DEUDA SAGRADA.  LA SOCIEDAD DEBE SUBSISTENCIA A SUS MIEMBROS DESGRACIADOS, SEA PROPRORCIONÁNDOLES TRABAJO, SEA ASEGURÁNDOLES LOS MEDIOS DE SUBSISTENCIA A AQUELLOS QUE NO ESTÁN EN ESTADO DE TRABAJAR...”

 Respecto a esta constitución Rosas escribió a Berón de Astrada de la mencionada carta del 24 de abril: “Para expedirme necesito estar sosegado, libre del peso enorme del despacho de asuntos los más urgentes que hoy no me dejan tiempo ni aún para el más preciso descanso...”.

 Preciso descanso... Acaso lo tenga en la muerte si Dios le ha perdonado sus crímenes...

 Tendríamos que hablar extensamente de la lucha sorda al comienzo y desembozada después, desencadenada por Rosas contra el gobernador de Corrientes; del bloqueo francés, de la misión de Leiva...

 “La cuestión, mi buen amigo, le dice Berón de Astrada en carta a Leiva, la cuestión la he considerado contrayéndome, precisamente, a los principios sobre que roló su discusión: pero en verdad, no me es dado dejar de indicarle lo que siente mi corazón y que todos estos males y otros – a que estamos expuestos – son una consecuencia de la situación precaria, vacilante e insólita de las provincias argentinas en su estado de aislamiento e inconstitución”.  La necesidad de constituirse la república cada vez se me representa más urgente y nunca mejor ocasión que ésta para CONVOCAR LA REUNIÓN DELA CONVENCIÓN ENLA CAPITAL DE ESA PROVINCIA PREVENIDA POR EL TRATADO DEL 4 DE ENERO Y ARRIBAR A SU CONSTITUCIÓN QUE LA HARÁ ENTRAR EN EL ROL RESPETABLE DE LAS NACIONES Y LA SACARÁ DEL CONFLICTO EN QUE SE HALLA...”.

 Berón de Astrada se expide con claridad y con sinceridad pero Leiva elude la respuesta necesaria... Así son los hombres...

 Se suceden misiones, entrevistas, conferencias, desplazamiento de tropas, Cullen huye a Córdoba, Leiva fracasa y Rosas, con malignidad sin igual, escribe a Echagüe una larga carta cuyo párrafo esencial es éste: “el señor Astrada, sencillo, con la mejor intención, sin penetrar tampoco en la enormidad del veneno de semejante proyecto, no ha tenido reparo en evidenciarse, candorosamente sin advertir que es la red tendida por sus amigos y lo que para mí había sido, hasta aquí, un hecho verosímil – y fundado en conjeturas prudentes – ha pasado a ser una evidencia por la revelación de la carta del señor Astrada.  ¿Adónde irá a parar la existencia de la Confederación Argentina – se pregunta el gran farsante – si en estas circunstancias se reuniese un congreso?  ¿Cuál será la suerte de nuestros pueblos, agitados por todas las maquinaciones de los unitarios si en estas circunstancias se llama a Congreso?  La convocación del Congreso, al presente, sería el toque de generala en toda la República, para la guerra civil más sangrienta y animosa que hemos tenido y, sin dificultad, debemos clasificar por un enemigo encarnizado de ella al que abrigue y propague, hoy, un pensamiento tan ominoso y contrario a los intereses, prosperidad, quietud y bienestar de los pueblos de la Confederación...”    Obsérvese cómo se tienden las líneas: Berón de Astrada mira serenamente hacia la constitución de la República; Rosas, ágil como la víbora, se escurre entre las artimañas en que era diestro...

 ...Salvador María del Carril llega a Corrientes... Convocada una reunión asisten el gobernador, los Ferré, Joaquín Madariaga, Francisco Meabe, Antonio Mantilla, Rafael Díaz Colodrero, y varios correntinos más...

 Relatando esta asamblea dice Manuel Vicente Figuerero “en ese Areópago de patriotas resonó la voz de Del Carril y su consejo ilustrado primó en la decisión final: la declaratoria de la guerra a Rosas y la protesta viril en contra de su dominación abominable”.

 Se acordó negociar con Rivera, en el Uruguay, el tratado de amistad y alianza a que se refería Berón de Astrada diciéndole en la carta que le envió “decidido a sostener a toda costa la soberanía e independencia de mi país y deseando vivamente cultivar las relaciones de amistad y buena inteligencia en un lenguaje aunque mudo bastante expresivo y elocuente, me tomo la confianza de dirigirle ésta por primera vez...”

 El 31 de diciembre de 1838 se firmó la alianza ofensiva y defensiva entre la R. O. del Uruguay y la Provincia de Corrientes contra Juan de Rosas y su gobierno y el 22 de Enero el Gobernador Berón de Astrada con la firma de su Ministro Pedro Díaz Colodrero, cumpliendo una ley de la Legislatura, decreta “DECLARASE LA GUERRA A LAS PERSONAS DE LOS BRIGADIERES D. JUAN MANUEL DE ROSAS Y DON PASCUAL ECHAGÜE, AQUEL GOBERNADOR DE LA BENEMÉRITA PROVINCIA DE BUENOS AIRES Y ESTE DE LA DE ENTRE RÍOS”.

 Obsérvese la naturaleza de actos tan trascendente: la guerra no la declara Berón de Astrada a la Provincia de Buenos Aires ni a la Provincia de Entre Ríos sino a Rosas y a Echagüe, a los dos gobernantes que las tiranizaban.

 El mismo día se dirigió un manifiesto a los pueblos de la República dando cuenta de las razones determinantes de la grave decisión.  Hay que recordarlo, es necesario volver a leerlo.

 El primer párrafo es suficiente, para comprender el espíritu que animaba al gobernador Berón de Astrada y los urgentes y poderosos motivos que hacían ineludible su actitud: “el honor de la Provincia” dice “la justicia de la causa que sostiene, el amor a la paz, el deseo de conservar las instituciones, la tranquilidad del país, la integridad de su territorio y, sobre todo, el ansia de constituir la Nación Argentina bajo el sistema federal y la reputación misma del gobierno exigen de su delicadeza presentar, al discreto y juicioso discernimiento de los excelentísimos gobiernos de las provincias confederadas, los grandes motivos que le han conducido a la necesidad de empuñar las armas contra los Brigadieres don Juan Manuel de Rosas y don Pascual Echagüe para convencerlos, con el escarmiento, de que DEBEN GUARDAR TODO RESPETO A LA SOBERANÍA DE UNA PROVINCIA QUE QUIERE Y HA SABIDO SER LIBRE Y QUE NO SE OFENDE IMPUGNEMENTE A LA DIGNIDIAD DE SU GOBIERNO...” ASÍ HABLABA UN GOBERNADOR CORRENTINO.   Añade:  “D. Juan Manuel de Rosas como gobernante, siempre ocupado de intrigas y de personalidades no ha aspirado a otra cosa, sino de conservarse en el mando para saciar – en sus enemigos – resentimientos que nunca se le borran de la memoria; califica de unitarios a HOMBRES VERDADEROS PATRIOTAS Y MÁS FEDERALES QUE ÉL; Y SÓLO PORQUE NO INCIENSAN SU AMBICIÓN, NO APLAUDEN SUS DELIRIOS, NI LO AYUDAN AL ABATIMIENTO DE LA PROVINCIA, LOS CALIFICA DE TRAIDORES A LA CAUSA NACIONAL, SIN EXPRESAR LA FORMA, EL TIEMPO, EN QUE EFECTUÓ LA TRAICIÓN SIN EL ALICIENTE QUE PUDO INDUCIR A ELLA; SE REVISTE CON TÍTULO POMPOSO DE “RESTAURADOR DE LAS LEYES” Y UN SOLO INSTANTE NO HA GOBERNADO SIN FACULTADES EXTRAORDINARIAS NI HA CONOCIDO OTRA LEY QUE SU VOLUNTAD DESPÓTICA...”.

 Frente a la actitud viril de Berón de Astrada, Rosas entró en uno de esos próceres deliberantes que conducen a arrasar con todo; armó sus soldados y mandó a Echagüe una nota que tiene la forma y el contenido de los actos demenciales: “el infrascripto tiene la honrosa complacencia de dirigirse a vuestra excelencia para manifestarle que siendo ya indisoluble que el actual gobernador de Corrientes Don Genaro Berón de Astrada se ha ligado por medio de un tratado publicado en Montevideo con el bandido Rivera y con los feroces unitarios que lo siguen, como asimismo que se han declarado – ambos – en guerra con la confederación argentina, queda V. E. autorizado para proceder con TODA LIBERTAD PUDIENDO si lo estimare conveniente, PASAR AL TERRITORIO DE CORRIENTES Y ATACAR AL EJÉRCITO CORRENTINO que manda en jefe el referido actual gobernador de Corrientes y continuar las hostilidades hasta que en aquella provincia se establezca una organización federal, como también queda V. E. del mismo modo FACULTADO PARA PASAR AL ESTADO ORIENTAL DEL URUGUAY, ATACAR Y PERSEGUIR, DE MUERTE, AL CABECILLA RIVERA Y A LOS INFAMES UNITARIOS QUE LO ACOMPAÑAN HASTA CONCLUIRLOS Y HASTA DONDE CONVENGA Y AÚN CUANDO SEA EN EL TERRITORIO DE BRASIL...”

 La vieja ciudad de Vera no escatimó a su gente: artilleros, infantes, húsares, los “Libertos” de infantería y el escuadrón amado por Berón de Astrada, la segunda compañía de Granaderos a Caballo.  La oficialidad capitalina había salido de la antigua casta gobernante, en donde se destacaban Santiago Báez, Pantaleón Cabral, Agustín Olivera, José M. Pampín – hermano de Goyo –, Jenaro Vidal, José Francisco Cabral, Tomás Romero, Juan E. Insaurralde, Juan M. Plaza, Marcelino González, Juan León Escobar y Sinforiano Zarza.  Con los veteranos de todas las guerras patrias se había formado el Regimiento de Rebajados, que tanto había servido en la instrucción de los soldaditos y que montaban todos orgullosamente unos caballos blancos que los distinguían entre la montonera.  Tampoco escatimó la provincia, en la estrechez de su pobreza, el aporte de caballadas:  San Roque entregó 600 caballos, Empedrado 700, Bella Vista 529; Caá Catí 570; San Cosme 400; San Luis del Palmar 477; Itatí 390; San Miguel 163; y Concepción 700. “Gente brava” decía el Gobernador Berón de Astrada “aunque bien poriajhú”.  Su caballo caracoleaba por entre los bártulos y el gentío que se iba amontonando alrededor del puerto natural que se formaba sobre el río, al borde del barrio de los negros, el oloroso y colorido Camba Cuá que albergaba, rodeado de esos altos hormigueros de grava y arena que llamaban “tacurúes”, a los descendientes de los esclavos liberados por la Asamblea General Constituyente del año trece.  Con ellos se había formado el Regimiento de Libertos, que estaba también allí, gritando en una lengua similar al español, aunque todavía esotérica, como quería mantenerla  esa multitud de alegres panteras del color de la tierra.  Como estaban cerca de Navidad –era el 21 de diciembre– el Gobernador Berón de Astrada pensó que este año los “camba” festejarían San Baltasar en plena campaña.  Se había elegido ese puerto, un tanto aguas arriba de la Punta Tacuara y no lejano de la Punta Tacurú (dos de las siete salientes rocosas sobre el Paraná) dada la gran cantidad de gente que debía embarcar, que llegaba quizá a las dos mil almas.  Al gentío se agregaban los cargamentos de su precaria logística y los magros fardos de harina y tasajo para la alimentación de la tropa, lo que hubiera desbordado sin dudas el puerto principal del barrio “La Rozada” sobre la calle Primera.  Fueron designados médicos del Ejército los doctores José Gregorio Acuña y Tiburcio Gómez Fonseca; andaban por ahí los facultativos con sus valijones y sus parihuelas enrolladas, preparándose para embarcar en el bote del Estado Mayor.

II

 

“Soy Berón, en el Pago, y es la tarde

en que habré de morir, ya no me espanta

el acero enemigo en la garganta

ni la certidumbre de saber, alarde

de pelear y morir por una tierra

que me recordará no más de un año

como al otro Genaro.  Ya en el paño

de la chaqueta que humilló esta guerra

he visto la primera gota roja

que por Corrientes derramé.  Ya siento

que Echagüe pasa y su desdén me arroja.

Sofoco como puedo algún lamento.

Cae la espada de mi mano floja

Y voy hacia la noche en trote lento”.

José Virgilio Acosta (Goya – Ctes.)

 

Echagüe avanzó hacia Corrientes.  Las fuerzas de Rosas recibieron órdenes de atacar DE MUERTE al ejército correntino hasta que desaparezca el malvado traidor, inmundo Berón...”

Les dio, además, amplia libertad para saquear, robar y cometer cuanto acto de pillaje les conviniese...

Llegó el día del combate... Y recuerda Mantilla que Berón de Astrada sereno y entusiasta a la vez que con la grandeza profunda de su causa, con fe intensa en la justicia, en la razón que lo acompañaban, recorrió montado en su hermoso caballo bayo, el frente de sus tropas arengándolas con frases ardientes y bravas...”.

Desplegadas las fuerzas combatientes, avanzaron los correntinos con más bríos que táctica militar; Echagüe contraatacó con sus regimientos bien armados.  Urquiza entró por la izquierda: resultó batida la caballería de Corrientes y aquello fue un entrevero de lanzas, de espadas, de fusiles, de chuzas, durante cuarenta y cinco horas infernales...

Murieron 1.960 correntinos, incluso 30 jefes y oficiales, cayeron 800 prisioneros que fueron degollados; se perdió el Archivo de Berón de Astrada; un estandarte, 160 tercerolas o carretas y 4.000 caballos...

18 lanzazos tenía el cuerpo de Berón de Astrada al que habíale arrancado una oreja y cortado una lonja de piel de la espalda de cuatro centímetros de ancho, desde la nuca hasta los muslos...

III

 

“Corrientes, regia región,

donde guardadas están,

la cuna del Capitán,

y la tumba de un Berón.

Indomable corazón,

Donde nunca sonó el ay

Del dolor o la derrota,

Porque en su diástole flota

El alma del ñandubay:

Antes que doblada, rota”.

Belisario Roldán

 

Vicente Fidel López dice que un soldado jujeño de mala fama, apodado el “Tuerto Barcara” sacó esa lonja.

Mantilla cree que fue un oficial llamado Calventos.

Rivera Indarte sostiene que con esa piel hicieron una manea que Rosas usaba en su caballo.

Urquiza, según Ángel Elías, reconoció que la manea estaba en el cajón de una cómoda en la casa de una persona cuyo nombre dio.

¿Qué hacer?  Se preguntaron los pocos compañeros de Berón de Astrada rodeando su cadáver en el medio del campo...

Alguien – no se sabe quién – dícese que fue un humilde sacerdote – arriesgó la vida, escondió el cuerpo destrozado y a fin de que no cayera en las manos asesinas de los triunfadores, lo seccionó colocando los pedazos en una bolsa con cal y en esa forma los condujo, a caballo, desde Curuzú Cuatiá hasta la ciudad de Corrientes...

Llegó de tarde; esperó que se hiciera noche y cerca de las doce, entregó los despojos a las dos hermanas de nuestro prócer, héroe y mártir permitiéndoles a las señoritas Niella que cortaran unos cabellos de la hermosa cabeza destrozada...

Al rato, desesperadas, eludiendo ser vistas, estas piadosas mujeres llevaron, presurosas, los restos al cementerio de La Cruz colocándolos junto al sepulcro de la madre, aquella santa mujer cuyos ojos que, ya se dijo más arriba, eran claros, grandes y expresivos – deben haberse abierto un instante para mirar, por última vez un cuerpo ensangrentado de su hijo que iba a hacerle compañía en la tierra de los muertos...

El fraile, ese humilde fraile desconocido que salvó de manos salvajes lo que quedaba del cuerpo de Berón de Astrada pasó a la posteridad en forma anónima por haber hecho lo que hizo en el más absoluto anonimato.

QUE LA GRATITUD DE CORRIENTES VELE POR TODA LA ETERNIDAD SOBRE LA GLORIA DE NUESTRO PRÓCER, HÉROE Y MÁRTIR DE PAGO LARGO.

QUE CORRIENTES NO OLVIDE AQUEL PENSAMIENTO.

Roca, imbuido de profundas filosofías, sostenía que “SON LAS TUMBS LAS QUE GOBIERNAN AL MUNDO”.

DESDE LA TUMBA DE GENARO BERÓN DE ASTRADA ENSEÑA, ADOCTRINA, GUÍA A CORRIENTES Y DA ALIENTOS A SUS HIJOS PARA QUE CUMPLAN EN LA TIERRA CON HUMILDAD Y CON VALOR, LOS MANDAMIENTOS DE DIOS Y LOS DEBERES CON LA PATRIA ESPECIALMENTE EN ESTOS TIEMPOS DIFÍCILES QUE ESTÁ ATRAVESANDO NUESTRA QUERIDA PROVINCIA...

Asimismo, por nota de fecha 21 de abril de 1903 (sí, leyó bien 1903), la Sra. Margarita Berón de Astrada, hermana de nuestro prócer, héroe y mártir, se dirigía al Director de la Escuela Graduada Nº 1 (hoy Escuela Nº 1 “Manuel Belgrano”), Profesor Don Juan Ramón Bonastre para informarle que decidía donar al museo de ese establecimiento el rizo que le sacaran de la cabellera del Gobernador Berón de Astrada, que lo conservaba como recuerdo de familia y que al contar ya con 92 años de edad poco podía pensar en el futuro.  Hacía esa donación teniendo en cuenta que el Director Juan Ramón Bonastre había sido el primero en iniciar la idea de sacar del olvido en que yacía la memoria del Gobernador Berón de Astrada – su hermano – idea que había prosperado a tal punto que en esa época (1903) el pueblo de Corrientes pensaba erigir en su memoria y la de sus compañeros de sacrificio un monumento digno de todos ellos y del pueblo que sabe recordar a sus héroes y mártires.

No debemos olvidar, para quienes lo saben ni dejar de aprender para los que no, el gesto patriótico que tuvo Juan Genaro Berón de Astrada al aceptar y hacerse cargo de la conducción de nuestra provincia para completar el mandato del fallecido gobernador Atienza durante el principio del enfrentamiento al gobernador porteño Juan Manuel de Rosas. Es por ello que ante todo, más allá de errores o virtudes, ponerse al frente de un ejército sin experiencia y sin tener la trayectoria de quienes sí la poseían en el bando contrario, no escatimaron esfuerzo ofrendar sus propias vidas en defensa de los ideales federales que Corrientes siempre defendió: libre navegabilidad de los ríos, distribución equitativa de los recursos, convocar a un Congreso General para sancionar la Constitución Nacional y de esa manera organizar políticamente al país, entre otras peticiones.

BIBLIOGRAFÍA:

 

  • Berón de Astrada – Gustavo Sánchez Mariño – Editorial Moglia – Año 2000.
  • La Epopeya de la Libertad y la Constitucionalidad – Berón de Astrada – Hernán Félix Gómez – Edición del Gobierno de Corrientes – Imprenta del Estado – 1939.
  • Historia de los Cuatro Siglos de Corrientes – Edmundo Serpa – Cicero Impresiones  Año 1990 – 2ª. Edición.-
  • Archivo del Poder Legislativo de la Provincia de Corrientes.
  • Gustavo Sorg - ¿Era Berón de Astrada o Verón de Estrada? – Su origen familiar – Diario El Litoral de Corrientes del 25 de marzo de 2009.

Autor: JORGE MANUEL PICCHIO

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